El otro día me estaba imaginando que París es sobre todo una palabra. Paris, Parys, Paříž, Parizo, Parisi, Parigi. Es como una ciudad de palabras que son también pisadas y voces y paredes. El corazón de París son sus historias, sus sucesos nimios y extraordinarios, su colección de anécdotas cuasi-mitológicas. Y pensaba que a lo mejor París es París por los cuentos que se cuenta a sí misma, por los sueños que la sueñan desde tierras muy lejanas o al ladito de su arteria fluvial. Un montón de sueños enredados de las legiones de viajeros que han arribado a través de los siglos a sus huestes, y que siguen configurando un mosaico multicolor y mutante. Por ejemplo, esta ciudad ha sido erigida con los versos de Baudelaire como ladrillos, con las pinceladas de Delacroix, con las tramas de Víctor Hugo, con el último deslizamiento del adagio de Chopin para piano y cello, con los replanteamientos explosivos de Voltaire-----Descartes----Sartre---Foucault—Deleuze-CamusBecketBatailleIionescoVallejoetcétera… Y a lo mejor París también es el rumor de batallas añejas, las herencias de un imperio que una vez dictó, que traficó a media África, que mató y se expandió como una bestia hambrienta. Pero también es su entretenimiento haute couture, su vanguardia de peinados, sus gatos callejeros y guardianes de Monmartre. Quizá es también unas palabras que son el aliento de ejecutivos orondos, de estudiantes revoltosos, de nostalgia de clochard. O, mejor aún, París es precisamente ese encuentro, esa conversación esquizofrénica y seductora, esa invención de colores. Un punto que atrae al mundo como un abismo, como un agujero negro y que luego se nutre de ese mundo capturado, jalado hacia sus tripas, para vomitar esa misma invención que es París como un exabrupto universal, invención que a su vez sirve de carnada para…/ O sea que París es ese intercambio, esa sopa de conversaciones, veredictos, besos, fotografías, sonidos, locuras, adioses, muertes y sin razones que la humanidad le va depositando a su paso. Y pensaba que la magnificencia de sus palacios, la pompa de edificios y vías, la majestuosidad con que se alzan sus torres y se tienden sus calles, son sencillamente los ornamentos con que se pretende enmarcar eso que es vaporoso y etéreo, que no se puede atrapar con una foto, pero que matiza cada piedra, cada loza, cada esquina del Latin Quartier. El cemento de la ciudad parece nada más que el envoltorio de esa bruma de existencias, la cajita que contiene esa sedimentación secular que sólo puede ser respirada, que engorda con cada nuevo paso de cada nuevo vagabundo universal arropado por sus portales, con cada nueva generación de palomas, con cada tren que la penetra. París me dijo que la realidad tangible es parida por las imaginaciones. Por ejemplo, me dijo que son las caminatas las que sostienen a los puentes, y no al revés. Y los puentes no son otra cosa que la encarnación -la “enpiedrazón” o “enrrocazón”- de las incontables peregrinaciones que han querido pasar al otro lado del Sena, desde el inicio de todo. Por eso pensé que París es una palabra dicha de múltiples formas. Una palabra como un gesto, un gemido, unos ojos perplejos, una novela, una herida, una furia, un sudor, un trago, una liberación, un frío, una sombra, un rezo, una fiesta, una taza de café, un degollamiento, una bocanada, una ventana abierta desde donde sale luz. Y pensaba eso. Que París es la reiteración incesante y profusa de sí misma.
domingo, 15 de marzo de 2009
viernes, 5 de septiembre de 2008
Salamanca de la luz y de las sombras
Salamanca está tendida en medio de un valle rubio encendido. En verano, cuando las hordas de estudiantes han emigrado en una diáspora mundial que dura un par de meses, la ciudad respira un sosiego pueblerino al calor de un sol penetrante. Con todo, por la noche corre un viento fresco por calles que son vericuetos medievales extraviados en los siglos: la geografía accidentada de sus caminos centrales adopta giros imprevisibles que rompen la lógica citadina; las catedrales, las plazas se alzan desafiando la inercia de la vulgarización moderna. Salamanca no se distingue precisamente por estar a la vanguardia en lo que respecta al desarrollo industrial o comercial. Dicho de mejor manera: los principales ingresos de la ciudad provienen de la industria de la educación, de las hordas de estudiantes que acuden a su tutela, de la fama legendaria de sus universidades. Y no es para menos, basta husmear un poco en los recintos de la Salmantina o de la Ponti, para admirar el boato con que se lleva la cotidianidad académica, los nombres de antiguos doctorandos grabados con sangre de toro sobre la piedra de Villamayor, las aulas protocolarias donde alguna vez dictaron clase Cervantes y Unamuno, la tierna biblioteca de “la cuarta universidad más antigua de Europa (la más de España)” -detalle que no dejarán de recordarte- con volúmenes que parecen desplomarse la menor conato de estornudo. Por estos pasillos penaba Antonio de Nebrija, responsable de concebir la primera gramática de la lengua castellana. Pero seamos más precisos: cierto es que los estudiantes son el negocio fuerte, pero no sólo por las universidades, sino también por la otra cara de la moneda, la institución que hace de complemento de la universidad en el tiempo y en el espacio: el bar. Es posible estar una noche entera mudando de bar después de un trago sin recorrer más de veinte metros entre uno y otro y sin siquiera aproximarse a finiquitar los de la zona. Áhi -verás. Una combinación próspera, creo: los andadores bohemios, la buena mesa, el soplo frío que te recuerda la inconmensurabilidad del universo y el bar de la esquina, que te acoge después de una sangrienta sesión de filología hispánica. Por lo demás, los salmantinos conviven cotidianamente con mitos gordos de la literatura universal que moran en las calles como fantasmas: las orillas del Tormes donde Lazarillo inició su vida de fortunas y adversidades; la cueva que dio nombre al entremés cervantino y en cuyas profundidades, cuenta la leyenda, impartió doctrina nigromántica el mismo demonio (he aquí la ciudad de las cátedras); el huerto que acogió los tactos fatales entre Calisto y Melibea, bajo un cielo de luces y sombras, como éste.
sábado, 21 de junio de 2008
sábado, 7 de junio de 2008
Praga y las (auto)excusas
…De modo que aquel día salimos de la estación Hauptbahnhof rumbo a Chequia. Yo sé que esto tiene mucho de lugar común, pero Praga es además un viaje en el tiempo. En esta ciudad se conjugan los pasados con los presentes y con el futuro incipiente que, por desgracia y desde mis particulares ojos, es la estación menos meritoria. De cualquier modo, esa mágica desorientación temporal camina contigo a todas partes, como si además de haberte desplazado geográficamente hubieras también cruzado algunas fronteras del tiempo. En un lapso menos a media cuadra pueden observarse construcciones de mundos distantes –casas iglesias palacios medievales renacentistas góticos modernistas-, alimentándose del mismo sol, del mismo viento helado. Praga es el collage arquitectónico de una mente extravagante y nostálgica ¿La mente histórica?
Mucha gente me habló de esta ciudad mítica. Karla, compañera entrañable de viajes y canciones, la desplegó con unas palabras dulces y lúgubres como si contuvieran la ciudad misma. En todo caso, Praga es el escenario de un cuento medieval habitado por personajes variopintos en vestuarios de turistas en busca de asombros. Praga y sus hordas de guiris, su reloj cole
sábado, 26 de abril de 2008
Galeano y las ventanas
Con Ernesto y Fidel
-A nosotros nos gusta acompañar las palabras con cuerdas y cueros tensados -expliqué, mientras le extendía Luz en las Ventanas. Ese nosotros escondía un revoltijo de andaduras, canciones y palabras compartidas donde él mismo había participado desde la distancia.
-¡Un regalo! -clavó sus ojos en los colores de la superficie. Agradeció el disco con humildad de campesino que recoge lo que ha brotado de la tierra.
Charlamos sobre México, sobre los dolores que le habían confinado al reposo durante todo el año anterior, sobre su reciente y feliz retorno a los senderos. Cuando me alejé, un remolino de personas empezaba formarse en torno suyo, en las manos cargaban libros como pequeñas bestias que iban a ser signadas.
domingo, 13 de abril de 2008
Berlín Bajo los Tilos / Berlin Unter den Linden
Berlín es una ciudad con el rostro surcado por múltiples cicatrices. Andarla, intercambiar las (muy) pocas palabras que se pueden con quienes la han habitado, con quienes la han visto desvanecerse y re-incorporarse, basta para saber que la Historia le ha curtido el cuero y le ha dejado un complejo mapa de suturas. Cuando menos, es escalofriante pararte en una urbe donde se concentran tantas huellas del devenir mundial. Esos arcanos del pasado que contribuyeron a dar forma a la civilización contemporánea, y que hasta ahora sólo había encontrado en las páginas de los libros de historia universal, en las enciclopedias, en los filmes históricos, en vetustas fotos en blanco y negro que recogían la memoria de tiempos pavorosos y extraordinarios.
Un escozor te escala las piernas cuando cruzas la Bebelplatz, el escenario de la legendaria quema de libros durante el régimen Nazi. Las dos Berlín –la del Este y la del Oeste-, con la conciencia aún viva de cuándo estás de un lado y cuándo del otro; los rastros del punto donde se tocaban los dos mundos antagonistas, apenas diferenciados por un muro cuyos vestigios sugieren una fragilidad inofensiva. El fantasma lúgubre de las grandes guerras, la llaga punzante del Holocausto. Aquí la casa de Bertolt Brecht, en aquella esquina el café donde Adolf Hitler paraba todas las mañanas.
Con todo, Berlín impone. No sólo por los grandes palacios y el aire majestuoso heredado del sacrísimo imperio germánico –un esplendor reconstruido desde las cenizas de los bombardeos-, sino también por su organizada estructura, por su fría y calculadora forma de funcionar. Todo a tiempo. Cada cosa en su lugar. Un engranaje que traslada a la dinámica citadina la buena fama de la tecnología alemana. Para un mexicano de mi calaña es inverosímil constatar que no hay control alguno para usar el transporte público (metro, chámion, tren, lo que sea), los accesos están abiertos sin ningún tipo de regulación; se confía en que cada cual pagará la cuota que le corresponde –claro, si tienes la mala suerte de que pase por ahí un supervisor y no tengas a la mano el comprobante correspondiente, no te quiero contar la multa que te espera-.
El clima cultural también apabulla. Aura cosmopolita. Museos surtiditos y bien provistos. Músicas. Esculturas. Vastas bibliotecas. Amplios edificios ocupados (tomados) por artistas y bohemios con sensibilidad de metrópoli esquizofrénica. La sabia tradición de permitir que la gente beba en paz por la calle. La despierta vida nocturna que desvela a la ciudad, las luces que se multiplican a lo largo de la superficie del Spree.
Un escozor te escala las piernas cuando cruzas la Bebelplatz, el escenario de la legendaria quema de libros durante el régimen Nazi. Las dos Berlín –la del Este y la del Oeste-, con la conciencia aún viva de cuándo estás de un lado y cuándo del otro; los rastros del punto donde se tocaban los dos mundos antagonistas, apenas diferenciados por un muro cuyos vestigios sugieren una fragilidad inofensiva. El fantasma lúgubre de las grandes guerras, la llaga punzante del Holocausto. Aquí la casa de Bertolt Brecht, en aquella esquina el café donde Adolf Hitler paraba todas las mañanas.
Con todo, Berlín impone. No sólo por los grandes palacios y el aire majestuoso heredado del sacrísimo imperio germánico –un esplendor reconstruido desde las cenizas de los bombardeos-, sino también por su organizada estructura, por su fría y calculadora forma de funcionar. Todo a tiempo. Cada cosa en su lugar. Un engranaje que traslada a la dinámica citadina la buena fama de la tecnología alemana. Para un mexicano de mi calaña es inverosímil constatar que no hay control alguno para usar el transporte público (metro, chámion, tren, lo que sea), los accesos están abiertos sin ningún tipo de regulación; se confía en que cada cual pagará la cuota que le corresponde –claro, si tienes la mala suerte de que pase por ahí un supervisor y no tengas a la mano el comprobante correspondiente, no te quiero contar la multa que te espera-.
El clima cultural también apabulla. Aura cosmopolita. Museos surtiditos y bien provistos. Músicas. Esculturas. Vastas bibliotecas. Amplios edificios ocupados (tomados) por artistas y bohemios con sensibilidad de metrópoli esquizofrénica. La sabia tradición de permitir que la gente beba en paz por la calle. La despierta vida nocturna que desvela a la ciudad, las luces que se multiplican a lo largo de la superficie del Spree.
viernes, 11 de abril de 2008
Cap de Creus
*
Aquí habitó el mar / Aquí se alojó como una sábana inquieta y densa / escondió sus joyas / estableció el Reino de sus Profundidades/ decretó salobre silencio / Aquí el mar fundó sus privadas habitaciones / se hospedó con todos sus seres multiformes / Justo aquí / debajo de este pie / el mar anidó… apenas ayer / En esta roca /esta cumbre / este castillo de piedra marina y alga terrestre / este desierto pleno de recuerdos acuosos / este paraje donde se han cosechado todos los estados de la materia / Hay regados por todas partes rastros y cicatrices / Es posible imaginar que manan peces de la piedra que corona la montaña /
*
El mar trazó la gramática de este cerro con su puño y letra / le heredó su hidrografía / el cauce hondo e iracundo de sus corrientes que hora es transitado por el viento / Mediterráneo es el perímetro / el contorno son las aguas que hace poco le inundaron / Este pedazo de tierra permanece seco y firme como una palabra / como una palabra al fin pronunciado por ese mar que sigue rumiando sus adentros al costado / Las piedras son también palabras / y letras / y sílabas / En este terreno el mar ha escrito su novela / la ha brotado a superficie para que se lea / para que se ande / y se sepa la historia de
su infinito devenir /
Aquí habitó el mar / Aquí se alojó como una sábana inquieta y densa / escondió sus joyas / estableció el Reino de sus Profundidades/ decretó salobre silencio / Aquí el mar fundó sus privadas habitaciones / se hospedó con todos sus seres multiformes / Justo aquí / debajo de este pie / el mar anidó… apenas ayer / En esta roca /esta cumbre / este castillo de piedra marina y alga terrestre / este desierto pleno de recuerdos acuosos / este paraje donde se han cosechado todos los estados de la materia / Hay regados por todas partes rastros y cicatrices / Es posible imaginar que manan peces de la piedra que corona la montaña /
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El mar trazó la gramática de este cerro con su puño y letra / le heredó su hidrografía / el cauce hondo e iracundo de sus corrientes que hora es transitado por el viento / Mediterráneo es el perímetro / el contorno son las aguas que hace poco le inundaron / Este pedazo de tierra permanece seco y firme como una palabra / como una palabra al fin pronunciado por ese mar que sigue rumiando sus adentros al costado / Las piedras son también palabras / y letras / y sílabas / En este terreno el mar ha escrito su novela / la ha brotado a superficie para que se lea / para que se ande / y se sepa la historia de
su infinito devenir /
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